Por qué escribí "La Trama Energética del Ser"
Siempre fui curiosa, extremadamente curiosa. Curiosa por entender por qué las cosas son como son; por qué decimos lo que decimos, hacemos lo que hacemos y sentimos lo que sentimos. Nunca me alcanzó con aceptar lo que aparecía en la superficie. Necesitaba mirar un poco más adentro, descubrir qué historias, emociones o mecanismos quedaban detrás de nuestros gestos, decisiones y maneras de habitar la vida.
Con el tiempo, esa curiosidad se convirtió en una forma de estar en el mundo. Cada respuesta abría una nueva pregunta y cada explicación parecía iluminar apenas una parte de algo mucho más amplio. Me interesaban los procesos visibles, pero también aquello que se percibe antes de poder nombrarse: la relación entre el cuerpo y la emoción, las huellas que deja la experiencia, los movimientos de la conciencia y el sentido que damos a lo vivido.

Esa búsqueda, primero inconsciente, y sostenida durante décadas entre lecturas, estudios y experiencias, fue dando origen a La Trama Energética del Ser.
A medida que profundizaba en distintas disciplinas y formas de comprender al ser humano, me resultaba cada vez más difícil pensarlas como mundos separados.
Empecé a reconocer preguntas que aparecían una y otra vez bajo nombres diferentes: cómo nuestra historia modifica la percepción del presente, de qué manera una experiencia permanece en el cuerpo, cómo buscamos recuperar el equilibrio, qué lugar ocupan el dolor, la conciencia y el sentido; para nombrar algunas.
Entonces surgió una pregunta que atravesaría todo el libro: ¿estamos realmente hablando de fenómenos diferentes o estamos observando, desde distintos lugares, aspectos de una misma experiencia humana?
No encontré una respuesta única. Encontré algo que me resultó mucho más interesante: conexiones.
Comencé a pensar al ser humano como una trama en la que cuerpo, mente, emoción, historia, conciencia y sentido se afectan continuamente. Lo que sentimos modifica nuestra manera de pensar; lo que pensamos transforma nuestra percepción; nuestra historia participa silenciosamente de nuestras respuestas presentes, y el cuerpo muchas veces expresa aquello para lo que todavía no encontramos palabras.
Desde esa mirada tomó forma La Trama Energética del Ser. El libro nació del deseo de acercar perspectivas que habitualmente permanecen separadas, sin borrar sus diferencias ni intentar construir una teoría capaz de explicarlo todo. Me interesaba, en cambio, explorar qué podía suceder cuando esos conocimientos entraban en conversación.
Escribirlo también significó aceptar que comprender al ser humano exige convivir con aquello que todavía no comprendemos. Existen preguntas para las que contamos con explicaciones cada vez más precisas y otras que permanecen abiertas. Esa frontera entre lo conocido y lo desconocido, lejos de incomodarme, continúa siendo uno de los territorios que más me interesa explorar.
Por eso, terminar La Trama Energética del Ser no significó cerrar una investigación.
Significó descubrir cuántas preguntas todavía quedan por hacer.


