Simbolismo, lenguaje del alma
- Ana Ricci

- 8 abr 2025
- 2 Min. de lectura
El simbolismo no es solo un recurso estético o literario. Es una forma de mirar, de sentir y de estar en el mundo.
Un símbolo es algo que nos conecta con lo invisible, con lo que no se puede explicar de manera racional pero se reconoce en lo profundo. Es una imagen viva que contiene múltiples capas de sentido: una palabra, una figura, un color, un objeto, una flor… pueden volverse símbolo cuando resuenan más allá de lo evidente.
Desde tiempos muy antiguos, el ser humano ha usado símbolos para expresar lo sagrado, lo misterioso, lo esencial. Las culturas originarias, las religiones, el arte, los sueños y el tarot están llenos de imágenes simbólicas porque el alma no habla en conceptos, sino en símbolos.

Hay símbolos que son universales, compartidos por muchas culturas y generaciones. El árbol, la luna, el fuego, la serpiente, el sol o el agua han sido representaciones constantes de aspectos fundamentales de la existencia. Estas imágenes arquetípicas, como decía Jung, viven en el inconsciente colectivo y nos conectan con una sabiduría ancestral que trasciende lo individual.
Pero también hay símbolos que son únicos y personales, que cobran sentido solo para quien los experimenta. Un objeto cotidiano, un sueño recurrente, una palabra o una imagen pueden convertirse en puente interior si tocan algo verdadero en nosotros.
El simbolismo es un lenguaje vivo, íntimo y libre. No impone significados fijos, sino que abre espacios de interpretación profunda. Nos permite resignificar, crear, sentir. Es un acto de libertad interna, donde cada persona puede encontrar su manera única de comprender y habitar el mundo.
En un mundo que valora lo inmediato, lo medible y lo concreto, volver a lo simbólico es un acto de profundidad y presencia. Es abrir espacio a los lenguajes del alma: el arte, la intuición, la contemplación, el ritual, el sueño, la imagen.
Cada símbolo es un espejo. No nos dice qué pensar, sino que nos invita a sentir, recordar, descubrir y abrir nuevas formas de entendimiento.
Y en ese gesto, el símbolo se convierte en guía, en llave, en semilla de transformación.


