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Nombrar para sanar: el poder de reconocer nuestras emociones

  • Foto del escritor: Ana Ricci
    Ana Ricci
  • 28 abr 2025
  • 2 Min. de lectura

A veces sentimos una ola de emociones que nos desborda: ansiedad, tristeza, enojo, miedo.

Pero no siempre sabemos exactamente qué es lo que estamos sintiendo. Y ese no saber puede intensificar aún más la angustia.


En el año 2011, el psiquiatra y neurocientífico Daniel J. Siegel popularizó un concepto sencillo y profundamente transformador: “Name it to tame it”, que podríamos traducir como “Nombrarlo para calmarlo” o “Nombrarlo para domarlo”.

Siegel, autor de obras como El cerebro del niño (The Whole-Brain Child), nos enseñó que cuando ponemos en palabras lo que sentimos, activamos zonas del cerebro asociadas con la regulación emocional, especialmente la corteza prefrontal.

Así, el simple acto de nombrar una emoción ayuda a calmar su intensidad y a abrir un espacio de comprensión y compasión hacia nosotros mismos.


Desde la mirada amorosa de prácticas como el mindfulness y el coaching ontológico, sabemos que, en esta línea, sentir no es el problema: el desafío aparece cuando no logramos reconocer, aceptar y acompañar esas emociones.


Nombrar no significa juzgar.

Nombrar es abrazar.

Es decirnos internamente: “Estoy sintiendo tristeza”, “Hay miedo en mí”, “Hoy me siento vulnerable”.


Y en ese reconocimiento sincero, la emoción, lejos de crecer o desbordarse, encuentra un cauce natural para ser procesada.

El cuerpo se relaja. La mente baja su defensa. El corazón se abre.


Podemos imaginar nuestras emociones como pequeños niños interiores: cuando les damos un nombre y los miramos con ternura, dejan de gritar para ser escuchados. Simplemente se sienten acompañados.


Hoy, más que nunca, vivimos tiempos en los que poner en palabras nuestra vivencia emocional es un acto de autocuidado profundo.

Una práctica diaria de amor propio.

Un puente hacia la calma y la resiliencia.

 
 
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